CUÁNTAS VECES ME ESCONDÍ
Muchas veces me escondí, con la única excusa de ser yo. ¿En qué momento escuché que estaba mal ser quién soy? ¿A quién le creí tanto? Cuando esa voz ajena se hizo más fuerte, dejé de escuchar a mi yo. Pasé demasiados años oculta en ese cuarto, sucio y pestilente, mirando a puntillas tras el muro, como si el disfrute de la vida fuera un privilegio de los demás y no mío.
Sentía que la esperanza se había esfumado; hasta tuve el valor de ir hacia ÉL. Caminé por la estrecha senda hasta la banca vacía, junto al gran árbol frondoso. Aquí todo está despejado. La hierba es corta, las mariposas se posan en ella y los pájaros descansan en las ramas mientras las hojas se mueven con el viento. Cierro los ojos y, por primera vez, disfruto el instante.
Aquí encuentro paz. Entonces le dije: “Estoy cansada de esconderme, deseo salir y vivir”. ÉL me escucha sin interrumpir; era lo que buscaba desde hacía tiempo: alguien en quien apoyarme.
Después de aquel diálogo sincero, decidí salir. Lancé las llaves al acantilado para nunca volver.
Seguí mi vida con temor. Aunque ya no estaba en aquel cuarto, me apresuraba a regresar a casa lo antes posible. Olvidé decirle a mi cuerpo que todo está bien. Mis pies temblaban, me sentí a la intemperie; por eso, inconscientemente, forjé una cubierta dura alrededor. Una protección para que ninguna palabra o acción volviera a dañarme.
Pero, ¿a quién le tenía miedo? ¿De quién me cuidaba? Era como vivir en un campo de batalla eterno. Mi mente susurraba: “Esa persona se siente incómoda contigo”. Y yo le creía. Iniciaba entonces un diálogo interno agotador: “Esto no puede suceder, algo está mal en mí, ¿qué tengo que hacer? Quizá, más servicial…” Elegía ese camino sola.
Con el tiempo, con cada paso me sentía más pesada. Un día me detuve y me observé con toda atención: llevaba puesto un traje de batalla. Pero, ¿por qué? ¿Acaso estaba en guerra? Me había acostumbrado tanto a la incomodidad de ese peso que ya no lo notaba.
La mente, impecable, volvió a susurrar: "Deberías estar en casa; a ellos les desagrada verte”. Esta vez no hice caso. Justo cuando me sentí atacada por mis propios pensamientos, empecé a despojarme del traje: el yelmo, las hombreras, los brazaletes, el peto, las grebas y los escarpes. ¿Quién me convenció de que debía cargar con esto para siempre?
Observé la armadura y las lágrimas brotaron. ¿Cómo pude avanzar tanto con semejante peso encima? Tomé la armadura y fui al acantilado. Lo lancé. Su caída fue infinita; no puedo ver el final. Sentí miedo y un frío repentino recorrió mi cuerpo.
De regreso, pensé en mí. Me detuve y las disculpas llenaron mi boca.
“Lo siento. Perdóname por haberte escondido. Perdóname por pensar que todo es malo en ti y que no tienes nada que ofrecer”.
Caí de rodillas. Llevé las manos a mi cara y lloré; las lágrimas salían como agua que escapa de una represa rota.
Me quedé sin fuerzas, pero al final, me levanté. Juré nunca más esconderme ni temer a los demás.
Sin embargo, me di cuenta de que el deseo de escapar vuelve a veces. Ahora entiendo que vivir en paz y sin miedo no es un destino, sino un ejercicio diario. No hay lugar al cual huir ni palabra mágica; son mis acciones, el moverme y el levantar la voz, lo que me mantiene presente. Sigo aquí. Entiendo que soy parte de todo y que merezco disfrutar la vida que se me ha dado.